sábado, 31 de diciembre de 2016

La historia de Playamar Cuento de Ariela Kreimer (LOS ZOMBIES)

La historia de Playamar
(Ariela Kreimer)


En un lugar no muy lejano pero poco conocido, llamado Playamar, existe una pequeña aldea poblada por seres singulares. ¿Qué los hace distintos? El modo en el que organizan su vida. Grupos y grupitos, asociaciones y clanes, bandas, patotas y patotitas se hayan dispersas por la aldea; es una aldea en la que todo lo que se hace, se hace en grupos.

Pero hoy voy a hablarles sólo de uno de éstos.

Se llaman Tilel, Talil, Tipol, Tepal y Ticlup; son cinco jóvenes vigorosos y simpáticos, que estaban encargados de la construcción de un puente.

Ustedes se preguntarán para qué. Porque era necesario unir la aldea con la plantación de duraznos, porque los duraznos son el postre preferido en todo Playamar.

Como son muy ingeniosos, encontraron la forma de hacer del trabajo una experiencia compartida. Tilel juntaba la madera caída de los árboles, Talil ponía los troncos en su lugar, Tipol los clavaba, Tepal distribuía la soga del pasamanos y Ticlup la anudaba.

Un día, en que sólo se dedicarían a recoger troncos, porque habían errado el cálculo y necesitaban más de la cuenta, Ticlup decidió salir a buscar guindas con una amiga.

Se llamaba Marina, era buena, dulce y cariñosa (además de ser muy linda); por eso no es extraño que la hayan pasado estupendamente bien en su paseo.

Al encontrarse más tarde con sus compañeros en el lugar del puente, Ticlup se vio en un gran aprieto. Sus amigos estaban enfadados, más que eso… ¡estaban indignados, ofuscados, con los pelos de punta y los ojos dados vuelta! ¿Cómo no había ido a juntar troncos con ellos? ¿Cómo no les había avisado que iba a juntar guindas? ¿Cómo había sido tan egoísta? ¿Cómo había faltado al compromiso?

Ticlup regresó a su casa solo; no comprendía el comportamiento de sus amigos, no entendía por qué ellos no se alegraban con su felicidad. Y ya no se sintió tan feliz.

Meses más tarde, una tormenta terrible asoló Playamar, y las plantaciones de duraznos desaparecieron bajo el agua. Ya no había motivos para construir el puente.

Ticlup, que ahora tenía más tiempo libre, aprovechó para salir con Marina; Tilel le pudo ayudar a su mamá en las tareas de la casa, y con el cuidado de su pequeño hermanito; Talil que no tenía más compromisos que los existentes con el grupo, ahora se dedicaba a pintar un mural del atardecer en Playamar; Tipol practicaba toda clase de deportes e incluso hacía malabares. Nadie sabía qué hacía Tepal. Lo que fuera, ya no importaba… no lo hacían juntos.

Como vivían muy cerca, porque en Playamar todo queda cerca, un día, por casualidad, los cinco se encontraron. Comenzaron a hablar, pero la conversación se tornó una serie de monólogos, ya que nadie conocía a la amiga de Ticlup, sólo Tilel tenía un hermano más chico, sólo Tipol era amante de los deportes, y aunque la pintura de Talil era bellísima, los otros cuatro coincidían en que eran muy tristes los atardeceres en Playamar.

Quisieron volver a intentar hacer algo juntos.

–¡Otro puente! –propuso enérgico Tipol mientras se paraba sobre sus manos.

–¿Para llegar a dónde? –preguntó Tilel.

–¡Una escalera! –propuso nuevamente Tipol, volviendo a tocar el piso con los pies.

–¡Un observatorio!

–¿Un muelle?

No, no había nada que los convenciera. Se miraron a los ojos por primera vez luego de mucho tiempo y, de pronto, todos comprendieron qué había estado haciendo Tepal.

Tepal esperaba que un amigo tocara la puerta de su casa por la mañana, esperaba el milagroso renacer de los duraznos por la tarde y, al caer el sol, solo en su habitación, miraba por la ventana su pequeño mundo y entonces lloraba y lloraba toda la noche.

Él había comprendido, antes que sus amigos, que era bueno tener un proyecto en común pero que si cada uno no podía llevar a cabo otras cosas que también le resultaran importantes, la amistad ya no tendría sentido.

No sé si los milagros existen pero, después de un caluroso verano, los duraznos renacieron. Marina se integró al grupo, el hermanito de Tilel dio sus primeros pasos sobre el puente, Talil colgó columpios de los pasamanos para poder practicar malabares, Tilol decoró con sus colores los troncos… ¿Y Tepal? Aprendió a disfrutar sus momentos de soledad sin ponerse triste, porque sabía que sus amigos estaban ahí y estarían con él cuando los necesitara. Al menos fue eso lo que me dijo cuando me contó esta historia.



Sin duda, la amistad es más complicada que el compañerismo. Y para que los integrantes de un grupo se sientan realmente amigos, tienen que existir razones y sentimientos muy especiales… Por lo menos, eso es lo que le pasó a los personajes de este cuento.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Cuento Bufanda y Flequillo de Ariela Kreimer (LOS ZOMBIES)

Bufanda y Flequillo
(Ariela Kreimer)


Bufanda y Flequillo vivían a una cuadra de distancia. Todas las mañanas, luego del desayuno, Bufanda pasaba a buscar a su compañero para tomar el autobús e ir juntos al colegio.

Conocían el recorrido del autobús hacia meses, y sabían que debían retroceder unas cuadras para tomarlo cuando todavía quedaban dos asientos libres. Los que subían luego debían viajar de pie. A medida que recorrían el barrio, el autobús se iba llenando y llenando como si se volviera redondo. Parecía increíble que pudiera albergar a tanta gente. Los estudiantes con sus carpetas y mochilas, los oficinistas con sus portafolios, y las secretarias con esas carteras tan lindas, pero que ocupan tanto espacio…

Cada vez que subía un anciano, una mujer embarazada o incluso cuando veían a la profesora de música que llevaba a su hijo a la guardería antes de entrar al colegio, ellos se hacían los dormidos. Bufanda (de ahí viene su nombre) aprovechaba la hermosa prenda multicolor que cubría su cuello (y que con tanto amor le había tejido su abuela) para esconderse dejando ver sólo las pestañas. A Flequillo, en cambio, sus largos cabellos le servían para ocultar su rostro hasta el mentón.

Y los que cedían gentilmente sus asientos eran siempre los mismos: una niña del último año, el empleado de la librería, la muchacha de la estación de servicio…

Una mañana, cuando ya habían pasado todos los “peligros”, es decir, cuando todos los que debían sentarse ya lo habían hecho sin que Bufanda y Flequillo tuvieran que pararse, los dos niños conversaban alegremente. Pero en una parada les pareció divisar por la ventanilla que, sobre la acera, había más gente esperando que la habitual. Entonces, ¡A dormir de nuevo!

Un señor mayor subió ayudado por su bastón.

–Ya se levantará la rubia del primer asiento – pensó Flequillo, y así fue.

–¡Uy! Sube una señora con un bebé en brazos… Sí, pero todavía está la niña del gorro rojo; ella siempre se levanta –dijo para sus adentros Bufanda, sin equivocarse.

Una señora mayor subía con mucha dificultad llevando una enorme bolsa con un tejido. Bufanda y Flequillo se escondieron aún más, sabiendo que ahora sí les tocaba a ellos.

Nadie le cedió el asiento a esta dulce anciana. Fue entonces cuando el chofer tuvo que detener el autobús y dirigirse a los pasajeros.

–A ver si alguien le da el asiento a esta señora… Tú, el de la bufanda, ya sé que no estás durmiendo, todos los días te veo hacer lo mismo.

Bufanda se restregó los ojos haciendo como que se despertaba por los gritos del chofer. Hubiera querido seguir actuando, pero los ojos de su abuela que lo miraban con vergüenza no se lo permitieron.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Cuento El pueblo del arco iris de Carolyn Askar (LOS ZOMBIES)

El pueblo del arco iris
(Carolyn Askar)


En el principio el mundo estaba quieto y silencioso. El suelo parecía estar cubierto de rocas y piedras de color deslucido. Pero si uno miraba con atención, notaba que las piedras eran personas pequeñitas que no se movían para nada. Un día, un viento sopló sobre la tierra, hizo que las personas entraran en calor, llenándolas de vida y de amor. Empezaron todos a moverse... a mirarse los unos a los otros... a hablar entre ellos... a cuidarse mutuamente. Cuando comenzaron a explorar su mundo, encontraron unas cintas de colores tiradas por el suelo. Excitados, corrieron por todas partes juntándoles.

Algunos eligieron el color azul, otros el verde, algunos el rojo y otros más el amarillo. Se divertían atándose las cintas los unos a los otros, riendo del brillo de los colores.

Repentinamente sopló otro viento. Esta vez los hizo tiritar de frío. Se miraron, y dándose cuenta de que habían cambiado, dejaron de tenerse confianza.

Se juntaron todos los rojos y se fueron corriendo a un rincón. Se juntaron todos los verdes y se fueron corriendo a un rincón. Se juntaron todos los amarillos y se fueron corriendo a un rincón.

Olvidaron que habían sido amigos y que se habían cuidado entre sí. Los otros colores parecían raros y diferentes.

Construyeron murallas para separarse y para evitar que los otros entraran.

Pero descubrieron que:

Los rojos tenían agua pero no tenían nada para comer.

Los azules tenían comida pero no tenían agua. Los verdes tenían leña para hacer fuego pero no tenían nada que los protegiera. Los amarillos tenían  techo pero nada que les diera abrigo.

De repente apareció un desconocido que se paró en el medio. Miró,  sorprendido, a la gente y a las murallas que la separaban, y hablando en voz alta dijo: Salgan todos. ¿A qué le tienen miedo? Vamos a conversar todos juntos.

La gente lo miraba y despacio fue saliendo de sus rincones dirigiéndose hacia el centro. El desconocido dijo: Ahora que cada uno explique a otro con qué contribuir y qué es lo que necesita que le den.

Los azules dijeron: "Nosotros podemos contribuir con comida pero necesitamos agua".

Los rojos dijeron: "Nosotros podemos contribuir con agua pero necesitamos comida". Los verdes dijeron: "Nosotros podemos contribuir con leña pero necesitamos un techo".

Los amarillos dijeron: "Nosotros podemos contribuir con un techo pero necesitamos calor".

El desconocido dijo: "¿Por qué no juntan lo que tienen y lo compartimos? Entonces todos tendrían suficiente para comer, beber, estar abrigados y tendrían un techo".

Hablaron, y el sentimiento de cariño volvió. Recordaron que habían sido amigos. Derribaron los muros y se dieron la bienvenida como viejos amigos.

Cuando se dieron cuenta de que se habían dividido por culpa de los colores, querían tirarlos. Pero sabían que les iba a faltar la riqueza de su brillo. Entonces hicieron algo distinto, mezclaron los colores para hacer una cinta lindísima como un arco iris. La cinta del arco iris pasó a ser el símbolo de la paz.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Cuento La caja de luz de Flavio Gabaldón (LOS ZOMBIES)

La caja de luz
(Flavio Gabaldón)


La vida de Yamila se fue metiendo, de a poco, adentro de una caja de luz. Hasta hace minutos estaba allí, sin poder salir, porque el hechizo de la caja era muy fuerte y la convirtió en su prisionera. Su hermanito Joaquín ya ha intentado recuperarla por todos los medios: ha tapado la luz, ha tironeado de la hermana hipnotizada, ha ofrecido golosinas, y hasta prometió prestarle su bicicleta nueva. Pero no hubo caso, ella ni se inmutó. La maldita caja se había apropiado de su alma.

Cuando eran pequeños, Yamila y Joaquín jugaban siempre juntos: corrían por las calles de tierra, se juntaban con los otros niños del barrio y construían sus propios juguetes con maderas, ramas, cajas y otros objetos de deshecho que hallaban en sus casas. Las calles se cubrían de sonrisas alborotadas desde que regresaban del colegio hasta que se ponía el sol.

Pero cuando asfaltaron la cuadra todo empezó a cambiar aceleradamente. En poco tiempo, ya no quedaban espacios verdes, y las carcajadas infantiles fueron invadidas por bocinazos y frenadas. El papá de Yamila y Joaquín ya no les permitía salir para encontrarse con los otros niños. Decía que la calle se había vuelto peligrosa. Un día, llegó con un paquete enorme que, según le dijo a su esposa, serviría para que los niños se “quedaran adentro” y estuviesen seguros. Yamila, en cuanto vio la caja de luz que su padre había traído, se puso contentísima. Las pupilas de sus ojos fueron haciéndose rectangulares de tanto mirarla, y comenzaron a reconocer como real sólo lo que veían en la pantalla de la caja luminosa.

Joaquín siempre fue más rebelde. No podía aceptar así nomás abandonar a sus amigos, sus momentos de felicidad compartida, su libertad para empaparse con los rayos del sol...

Tenía que hacer algo para rescatar a su hermana de la palidez en la que se había sumido. Entonces ideó un plan. Se dirigió al estudio televisivo, presentándose como un niño perdido, y cuando las cámaras lo enfocaron, dijo entre lágrimas y sollozos: “Estoy perdido, me siento solo, porque ya no hay niños dispuestos a compartir. Las plazas son lugares desiertos, donde a lo sumo se encuentra un perro vagabundo. Cuando voy al colegio, no encuentro tema de conversación más allá de los que proponen las cajas de luz, y lo peor es que ni mi propia hermana quiere jugar conmigo. Si es cierto que éste es un medio de comunicación, ¿por qué cada vez estamos más incomunicados? Les ruego a todos los niños y a mi hermana que escuchen mi súplica, salgamos a las calles, recuperemos el aire libre y pintemos con los colores de la amistad cada rincón del barrio, de la ciudad y del planeta. Algo feo nos está sucediendo desde que la alegría se disfrazó de programa televisivo y la seguridad se vistió de miedo”. Algo mágico sucedió en ese instante, algo realmente increíble, pues todos los dibujos animados escaparon de las pantallas de televisión, tomaron a los niños de la mano y realizaron con ellos la ronda más gigantesca que se haya visto jamás. Una ronda que abrazó al mundo entero hasta llenarlo de luz y alegría bajo la cálida sonrisa del sol.

martes, 27 de diciembre de 2016

Cuento El amor viene marchando de Alfredo Parra

El amor viene marchando
(Alfredo Parra)


Cuándo los árboles reverdecen, las abejas hacen la miel con las flores nuevas y el pájaro canta en la rama, los ratones del Campo del Hornero se bañan, se perfuman, se visten con ropa asoleada y salen a caminar. Si hay luna llena, nadie se priva de dar una vuelta por el patio de tierra, junto al brocal del pozo, donde se baila hasta el amanecer.

Se han lanceado muchos corazones en el Campo del Hornero. Y como no hay gato ni perro cazador, los ratoncitos llegan de todas partes, en grupos tan numerosos, que el que los viera diría que se trata de un éxodo.

Noche de luna llena fue, justamente, cuando llegó por primera vez al Campo del Hornero un ratón de Nueva York. Se llamaba Yony y venía de visita por una semana a la casa de sus tíos del maizal.

Tal vez por su acento extranjero, o por lo lindo que cantaba las canciones de moda. Yony consiguió destrozar tantos corazones adolescentes en una noche como ningún otro en toda la historia.

Al amanecer, el espíritu de las jóvenes se había transformado. Ninguna de ellas volvió a ser como antes. Deshechas en suspiros, hacían cola en la casa del primo de Yony, sólo para preguntar por él.

El primo de Yony, que no tenía la misma suerte con las jóvenes, se llamaba Jorgelino, poseía un par de dientes incisivos tan prominentes, que en la cantina lo habían contratado para destapar botellas. A poco de regresar Yony a Nueva York, a Jorgelino se le ocurrió una idea genial: hacerse pasar por Yony. Para la próxima luna llena, se vestiría como él, se peinaría como él, hablaría como él, caminaría como él, en fin... sería idéntico en todo. Así podría elegir a la ratona que más le gustara entre las cuatro mil que acudirían a la fiesta, aunque ya estaba elegida de antemano por ser la más hermosa entre las hermosas: la hija del cantinero, Tormentita.

¡Ah! Tormentita tenía un candor, una figura, una manera de decir las cosas que a él le gustaba escuchar, que se había enamorado desde los pies hasta los dientes.

Los días siguientes volaron entre ensayos y preparativos. Y llegado que fue el último cambio lunar y salió la decidida esfera como una bocha, todos los ratones se amontonaron junto al pozo. Nunca se los había visto tan enfervorizados, nunca tan entusiasmados, nunca en tal cantidad. Nunca tan parecidos a... ¿Yony?

Caramba... Todos los jóvenes habían decidido parecerse a Yony para tener su éxito.

Frente a semejante paredón de realidad, Jorgelino se sentó en el suelo y se dejó estar como un arbusto del paisaje.

No había finalizado la noche, cuando alguien tocó su hombro por detrás y le dijo:

-¿Tú no eres el que destapa la botella con los dientes? ¿Cómo lo haces? ¡Me fascina! No lo puedo creer... ¡Que dientes!

Jorgelino se volvió en su lugar. Era Tormentita la que hablaba. Ahí estaba ella, con sus ojos de almendra verde que se lo comían.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Compartir la mesa y el pan (Los Zombies)

Compartir la mesa y el pan


familiares, compañeros y comensales son los que comparten una mesa y un pan. Comer con otras personas es algo que va mucho más allá de satisfacer el hambre o adquirir las vitaminas necesarias; es ambiente, conversación, amistad, aliaza y, si es el caso reconciliación.

Los seres humanos, al ser sociables por naturaleza, nos relacionamos con nuestros semejantes de diferentes formas; por ejemplo una comida o una copa compartida, que son el acto social por excelencia.

domingo, 25 de diciembre de 2016

El sentido de la Navidad (LOS ZOMBIES)

La Navidad es para todos



La tradición nos indica que al escuchar la palabra Navidad, evocamos el Nacimiento de un Niño que viene al mundo a salvarnos, para otros la Navidad es sinónimo de fiestas y diversión por doquier, algunos seleccionan esta época del año para salir a vacaciones y pasar un tiempo en familia.

Pero el verdadero sentido de la Navidad reside en reconocer que es un momento oportuno para cambiar cosas que veamos que no van, agradecer a Dios todo lo bueno que nos pasó, sobre todo el don de la vida, mirar con una óptica esperanzadora todo el camino que nos falta por recorrer, acercarnos a nuestros seres queridos, convertirnos en personas más humanas y sensibles por nuestro entorno y lo que nos rodea.

La Navidad o la Natividad, es una oportunidad y disculpa perfecta para reflexionar, hacer planes, reforzar nuestras convicciones, corregir aquellas pequeñas cosas que se puedan mejorar, ser mejores personas y seres humanos. Nada mejor que hacerlo en esta época navideña y rodeados de las personas que más queremos, aquellas que nos acompañan y transitan al lado de nosotros, y con quienes existen fuertes vínculos emocionales y de afecto.

Los regalos y las fiestas deben pasar a un segundo plano en la Navidad, lo importante es el compartir el sentido navideño en familia y con los amigos, vecinos y conocidos, compañeros de colegio y de trabajo, gente del país y de la localidad.

En la Navidad todos somos hermanos de corazón, y como tal debemos comportarnos, para dar y recibir vida, plenitud y esperanza.

¡Te deseamos que tengas una Feliz Navidad!!