El campeón
(Alfredo Parra)
¿Qué hace falta para ser un gran campeón? ¿Alcanza con la habilidad o es necesario mucho más que eso? Veamos este ejemplo, ya que de dar el ejemplo se trata…
Padre e hijo llevaban largas horas entrenando para el gran partido.
– ¿Ves esa pelotita, hijo?
–Sí, papi –dijo el pequeño golfista y firme candidato a heredar las habilidades y defectos de su padre.
–En un momento estará en el hoyo veinticuatro –se ufanó el campeón, acomodándose la gorra para que el sol no lastimara sus ojos–. Prepárate para seguir la rápida trayectoria de este misil, hijo.
El hijo del campeón se sentó en el pasto, con las piernas estiradas. No tenía que buscar un ídolo: frente a él había uno bien grandote, de casi dos metros de estatura. Esa semana, una revista había mencionado dos veces a su padre, aunque todavía no había llegado a ser un verdadero campeón.
Mientras esperaba el tiro perfecto, el niño sacó del bolso una gaseosa y sorbió un buen trago.
–¿Quieres? –ofreció.
–No, gracias. Debo concentrarme en el juego.
El campeón ensayó la jugada en cámara lenta y abrió las piernas con gracioso contoneo de pato. Ya podía ver esa pelotita dentro del hoyo veinticuatro, aunque tuviera que atravesar una zona difícil de médanos. Desde su posición no distinguía la bandera, pero sabía exactamente dónde se encontraba.
–¿qué hago con la lata vacía? –preguntó el niño.
Al no recibir respuesta insistió.
–Papá… ¿qué hago con esto?
El padre levantó la cabeza pacientemente.
–¿Sabes que superficie tiene este campo, hijo? –perdía concentración, pero no le importaba detenerse si era para darle una lección de practicidad a su discípulo predilecto.
El muchachito se encogió de hombros.
–Cuarenta y siete hectáreas.
El niño seguía sin entender.
–Te lo explicaré con un ejemplo. Pon la lata en el césped. Eso es.
El campeón tomó posición junto a la lata, escogió un palo al azar y de un certero golpe la envió por los aires. El niño rió con ganas.
–¿Sabes adónde fue esa pelota?
–No, papi.
–En busca de un cesto de basura. ¿Te das cuenta? No debe ser un obstáculo para ti una cosa tan insignificante.
Plenamente satisfecho, descargó ahora su golpe. Luego caminó junto a su hijo hasta el hoyo 24, con la convicción de que la pelotita se encontraba adentro.
Se llevó una gran sorpresa al ver que la pelotita estaba a unos cinco metros del lugar. Perplejo, exclamó:
–¿Qué pasa aquí? Nunca me equivoco por más de veinte centímetros.
–¡Mira, papi! –dijo entonces el niño, creyendo que daba a su padre una noticia fabulosa –¡La lata que tiraste! La pelotita debió pegarle y se desvió.
El campeón aceptó su derrota.
–Busquemos un cesto de basura para tirarla –dijo–. Recuerdo haber visto uno por aquí.