La historia de Playamar
(Ariela Kreimer)
En un lugar no muy lejano pero poco conocido, llamado Playamar, existe una pequeña aldea poblada por seres singulares. ¿Qué los hace distintos? El modo en el que organizan su vida. Grupos y grupitos, asociaciones y clanes, bandas, patotas y patotitas se hayan dispersas por la aldea; es una aldea en la que todo lo que se hace, se hace en grupos.
Pero hoy voy a hablarles sólo de uno de éstos.
Se llaman Tilel, Talil, Tipol, Tepal y Ticlup; son cinco jóvenes vigorosos y simpáticos, que estaban encargados de la construcción de un puente.
Ustedes se preguntarán para qué. Porque era necesario unir la aldea con la plantación de duraznos, porque los duraznos son el postre preferido en todo Playamar.
Como son muy ingeniosos, encontraron la forma de hacer del trabajo una experiencia compartida. Tilel juntaba la madera caída de los árboles, Talil ponía los troncos en su lugar, Tipol los clavaba, Tepal distribuía la soga del pasamanos y Ticlup la anudaba.
Un día, en que sólo se dedicarían a recoger troncos, porque habían errado el cálculo y necesitaban más de la cuenta, Ticlup decidió salir a buscar guindas con una amiga.
Se llamaba Marina, era buena, dulce y cariñosa (además de ser muy linda); por eso no es extraño que la hayan pasado estupendamente bien en su paseo.
Al encontrarse más tarde con sus compañeros en el lugar del puente, Ticlup se vio en un gran aprieto. Sus amigos estaban enfadados, más que eso… ¡estaban indignados, ofuscados, con los pelos de punta y los ojos dados vuelta! ¿Cómo no había ido a juntar troncos con ellos? ¿Cómo no les había avisado que iba a juntar guindas? ¿Cómo había sido tan egoísta? ¿Cómo había faltado al compromiso?
Ticlup regresó a su casa solo; no comprendía el comportamiento de sus amigos, no entendía por qué ellos no se alegraban con su felicidad. Y ya no se sintió tan feliz.
Meses más tarde, una tormenta terrible asoló Playamar, y las plantaciones de duraznos desaparecieron bajo el agua. Ya no había motivos para construir el puente.
Ticlup, que ahora tenía más tiempo libre, aprovechó para salir con Marina; Tilel le pudo ayudar a su mamá en las tareas de la casa, y con el cuidado de su pequeño hermanito; Talil que no tenía más compromisos que los existentes con el grupo, ahora se dedicaba a pintar un mural del atardecer en Playamar; Tipol practicaba toda clase de deportes e incluso hacía malabares. Nadie sabía qué hacía Tepal. Lo que fuera, ya no importaba… no lo hacían juntos.
Como vivían muy cerca, porque en Playamar todo queda cerca, un día, por casualidad, los cinco se encontraron. Comenzaron a hablar, pero la conversación se tornó una serie de monólogos, ya que nadie conocía a la amiga de Ticlup, sólo Tilel tenía un hermano más chico, sólo Tipol era amante de los deportes, y aunque la pintura de Talil era bellísima, los otros cuatro coincidían en que eran muy tristes los atardeceres en Playamar.
Quisieron volver a intentar hacer algo juntos.
–¡Otro puente! –propuso enérgico Tipol mientras se paraba sobre sus manos.
–¿Para llegar a dónde? –preguntó Tilel.
–¡Una escalera! –propuso nuevamente Tipol, volviendo a tocar el piso con los pies.
–¡Un observatorio!
–¿Un muelle?
No, no había nada que los convenciera. Se miraron a los ojos por primera vez luego de mucho tiempo y, de pronto, todos comprendieron qué había estado haciendo Tepal.
Tepal esperaba que un amigo tocara la puerta de su casa por la mañana, esperaba el milagroso renacer de los duraznos por la tarde y, al caer el sol, solo en su habitación, miraba por la ventana su pequeño mundo y entonces lloraba y lloraba toda la noche.
Él había comprendido, antes que sus amigos, que era bueno tener un proyecto en común pero que si cada uno no podía llevar a cabo otras cosas que también le resultaran importantes, la amistad ya no tendría sentido.
No sé si los milagros existen pero, después de un caluroso verano, los duraznos renacieron. Marina se integró al grupo, el hermanito de Tilel dio sus primeros pasos sobre el puente, Talil colgó columpios de los pasamanos para poder practicar malabares, Tilol decoró con sus colores los troncos… ¿Y Tepal? Aprendió a disfrutar sus momentos de soledad sin ponerse triste, porque sabía que sus amigos estaban ahí y estarían con él cuando los necesitara. Al menos fue eso lo que me dijo cuando me contó esta historia.
Sin duda, la amistad es más complicada que el compañerismo. Y para que los integrantes de un grupo se sientan realmente amigos, tienen que existir razones y sentimientos muy especiales… Por lo menos, eso es lo que le pasó a los personajes de este cuento.
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