jueves, 26 de enero de 2017

Cuento El campeón de Alfredo Parra (LOS ZOMBIES)

El campeón
(Alfredo Parra)


¿Qué hace falta para ser un gran campeón? ¿Alcanza con la habilidad o es necesario mucho más que eso? Veamos este ejemplo, ya que de dar el ejemplo se trata…

Padre e hijo llevaban largas horas entrenando para el gran partido.

– ¿Ves esa pelotita, hijo?

–Sí, papi –dijo el pequeño golfista y firme candidato a heredar las habilidades y defectos de su padre.

–En un momento estará en el hoyo veinticuatro –se ufanó el campeón, acomodándose la gorra para que el sol no lastimara sus ojos–. Prepárate para seguir la rápida trayectoria de este misil, hijo.

El hijo del campeón se sentó en el pasto, con las piernas estiradas. No tenía que buscar un ídolo: frente a él había uno bien grandote, de casi dos metros de estatura. Esa semana, una revista había mencionado dos veces a su padre, aunque todavía no había llegado a ser un verdadero campeón.

Mientras esperaba el tiro perfecto, el niño sacó del bolso una gaseosa y sorbió un buen trago.

–¿Quieres? –ofreció.

–No, gracias. Debo concentrarme en el juego.

El campeón ensayó la jugada en cámara lenta y abrió las piernas con gracioso contoneo de pato. Ya podía ver esa pelotita dentro del hoyo veinticuatro, aunque tuviera que atravesar una zona difícil de médanos. Desde su posición no distinguía la bandera, pero sabía exactamente dónde se encontraba.

–¿qué hago con la lata vacía? –preguntó el niño.

Al no recibir respuesta insistió.

–Papá… ¿qué hago con esto?

El padre levantó la cabeza pacientemente.

–¿Sabes que superficie tiene este campo, hijo? –perdía concentración, pero no le importaba detenerse si era para darle una lección de practicidad a su discípulo predilecto.

El muchachito se encogió de hombros.

–Cuarenta y siete hectáreas.

El niño seguía sin entender.

–Te lo explicaré con un ejemplo. Pon la lata en el césped. Eso es.

El campeón tomó posición junto a la lata, escogió un palo al azar y de un certero golpe la envió por los aires. El niño rió con ganas.

–¿Sabes adónde fue esa pelota?

–No, papi.

–En busca de un cesto de basura. ¿Te das cuenta? No debe ser un obstáculo para ti una cosa tan insignificante.

Plenamente satisfecho, descargó ahora su golpe. Luego caminó junto a su hijo hasta el hoyo 24, con la convicción de que la pelotita se encontraba adentro.

Se llevó una gran sorpresa al ver que la pelotita estaba a unos cinco metros del lugar. Perplejo, exclamó:

–¿Qué pasa aquí? Nunca me equivoco por más de veinte centímetros.

–¡Mira, papi! –dijo entonces el niño, creyendo que daba a su padre una noticia fabulosa –¡La lata que tiraste! La pelotita debió pegarle y se desvió.

El campeón aceptó su derrota.

–Busquemos un cesto de basura para tirarla –dijo–. Recuerdo haber visto uno por aquí.

miércoles, 18 de enero de 2017

Cuento La noche estrellada de Belinda Santibáñez (LOS ZOMBIES)

La noche estrellada
(Belinda Santibáñez)


Al caer la noche el cielo se llenaba de estrellas y el perrito Toby aullaba sin parar. Los niños que vivían en la casa de la esquina se asustaban siempre que Toby ladraba porque pensaban que andaban fantasmas en la calle.

Una noche Juanito y Antonio decidieron salir a ver porque ladraba tanto y se quedaron observándolo durante 30 minutos. Al notar que no había nadie y que solo ladraba mirando hacia el cielo se dieron cuenta que lo hacia por que le agradaban las estrellas del cielo. Desde ese momento no tuvieron más susto.

miércoles, 11 de enero de 2017

Cuento La mosca de Alfredo Parra (LOS ZOMBIES)

La mosca
(Alfredo Parra)


Para algunos seres vivos, los basurales son lugares muy atractivos. A ellos concurren ratas, ratones y moscas para satisfacer sus necesidades de alimentación. Desde el punto de vista humano, esta concentración de animales transmisores de enfermedades es un verdadero peligro. Pero veamos cuáles son las intenciones del pequeño personaje de esta narración…

Nuevamente, la mosca debió preparar las maletas. Antes de partir echó una mirada por encima del hombro. Sus ojazos espejados observaron en todas las direcciones posibles para captar algo interesante. Todo era orden, limpieza y brillo.

– ¡Puaj! – dijo – Creo que me estoy descomponiendo.

Puso en marcha el motor de su avioneta y despegó. Dio unas vueltas alrededor del barrio (por si las moscas). Pero había vivido lo suficiente allí para darse cuenta de que ese ambiente no le convenía.

En el cielo se cruzó con un formidable jet recién pintado, que tenía un calco de los Backstreet Boys en un ala.

– ¡Guau! – exclamó la mosca – ¡Qué máquina!

Una mano se agitaba detrás del parabrisas para saludar.

Y, para mayor sorpresa, el piloto detuvo el avión y, asomándose por la ventanilla, dijo:

– ¡Hola! ¿Te acuerdas de mí? Soy Rumualdo.

– ¡Rumualdo! – volvió a exclamar la mosca –. No te había reconocido. Parece que has echado buenas.

– ¡Ajá! – respondió Rumualdo, el gusano, dándose importancia.

– ¿Cómo conseguiste prosperar en tan corto tiempo?

– ¡Cómo! ¿No te enteraste? En el fondo de la Calle 44 han instalado un basural precioso. Los vecinos acuden de todas partes a arrojar sus desperdicios. Debes mudarte, amiga. Te cambiará la suerte.

Diciendo esto, el gusano guiñó un ojo y aceleró. La mosca alcanzó a ver su bufanda flamear un instante en el aire abatido.

– A eso llamo yo “vivir en el lugar correcto”.

Enseguida orientó sus alas rumbo a la 44. Pasó por encima de los tejados impecables, las casas más prestigiosas, las veredas mejor barridas, preguntándose cómo la gente se las arreglaba para vivir así.

Al fin, divisó la gran montaña, dónde insectos de toda índole revoloteaban, gordos y felices.

– ¡Ah! – exclamó la mosca, frotándose las manos – ¡Tenía que ser grande el tesoro para que lo ocultaran tanto!

Y se lanzó en picada dispuesta a disfrutar de la buena vida.

miércoles, 4 de enero de 2017

Cuento Pepe ama a Pupi de Alfredo Parra (LOS ZOMBIES)

Pepe ama a Pupi
(Alfredo Parra)


A la caída del sol, las hormiguitas del desagüe de la cuarenta y cuatro, al fondo, esperaban en la plaza del hormiguero. Se notaba nerviosismo en el ambiente; la razón estaba justificada, pues por primera vez tendrían una estatua de Abelardo, una de las grandes prohormigas de la historia.

Cuando el ministro de Asuntos Internos, luego de un largo discurso, descubrió el monumento para que todos lo admiraran, no pudo reprimir un grito de estupor. La multitud de hormigas también se mostró indignada.

No era para menos: a la altura del pecho, a la estatua le habían pintado un grafitti que decía: “Pepe ama a Pupi”.

Se ordenó entonces la detención y expulsión inmediata del responsable. La hormiga Pepe estaba en su trabajo de repartidor de hojas cuando lo arrestaron. El jefe del hormiguero lo acompaño personalmente a la salida y lo despidió con estas palabras:

– Eres indigno de vivir en esta sociedad.

El desdichado Pepe, que no alcanzaba a comprender cuál había sido su delito, le preguntó:

– ¿Por qué?

El jefe del hormiguero se limitó a responderle:

– Lo que hiciste estuvo muy mal hecho. Vuelve cuando hayas aprendido la lección.

Pepe dejó su comunidad con el corazón roto y el rumbo incierto. Nunca hubiera imaginado que podían condenarlo al destierro por una mala caligrafía.

Se dijo: “Tengo que practicar o no podré regresar con los míos, ni volveré a ver a Pupi”.

Y se puso a hacer ensayos en la calle. Pintó puertas, buzones, semáforos, vidrieras… Cuando se le acabó la pintura, compró más.

Siguió practicando, hasta ver en su trabajo claras señales de progreso. La palabra que mejor le salía era Pupi. Pensaba en ella y lloraba.

A la semana, no aguantó más y se presentó en el hormiguero.

– Ya aprendí – le dijo al jefe de su comunidad –.

Y para demostrarlo hizo su mejor grafitti en la puerta misma del hormiguero.

El caso tuvo tal resonancia que llegó a oídos de la reina, la cual, sumamente afligida, pidió la opinión de la hormiga sabia.

–Lo que has hecho, Pepe – afirmó ésta – estuvo mal; la figura del prócer Abelardo es un emblema de nuestro pueblo, además de ser un bien público que debe respetarse.

Pero la conducta del jefe del hormiguero deja mucho que desear, pues no supo explicarte por qué te expulsaba. Sin embargo, no se los puede castigar a ninguno de los dos.

Lo sucedido demuestra que deberíamos enseñar las reglas básicas de conducta para que todos sepamos de qué estamos hablando.


No se puede juzgar a alguien que trasgrede las reglas por no conocerlas. Es un deber de las autoridades dejarlas bien claras para evitar malentendidos.


Para poder cumplir las reglas básicas de conducta es necesario conocerlas. De otra manera, podríamos adoptar actitudes irresponsables sin saberlo…