miércoles, 4 de enero de 2017

Cuento Pepe ama a Pupi de Alfredo Parra (LOS ZOMBIES)

Pepe ama a Pupi
(Alfredo Parra)


A la caída del sol, las hormiguitas del desagüe de la cuarenta y cuatro, al fondo, esperaban en la plaza del hormiguero. Se notaba nerviosismo en el ambiente; la razón estaba justificada, pues por primera vez tendrían una estatua de Abelardo, una de las grandes prohormigas de la historia.

Cuando el ministro de Asuntos Internos, luego de un largo discurso, descubrió el monumento para que todos lo admiraran, no pudo reprimir un grito de estupor. La multitud de hormigas también se mostró indignada.

No era para menos: a la altura del pecho, a la estatua le habían pintado un grafitti que decía: “Pepe ama a Pupi”.

Se ordenó entonces la detención y expulsión inmediata del responsable. La hormiga Pepe estaba en su trabajo de repartidor de hojas cuando lo arrestaron. El jefe del hormiguero lo acompaño personalmente a la salida y lo despidió con estas palabras:

– Eres indigno de vivir en esta sociedad.

El desdichado Pepe, que no alcanzaba a comprender cuál había sido su delito, le preguntó:

– ¿Por qué?

El jefe del hormiguero se limitó a responderle:

– Lo que hiciste estuvo muy mal hecho. Vuelve cuando hayas aprendido la lección.

Pepe dejó su comunidad con el corazón roto y el rumbo incierto. Nunca hubiera imaginado que podían condenarlo al destierro por una mala caligrafía.

Se dijo: “Tengo que practicar o no podré regresar con los míos, ni volveré a ver a Pupi”.

Y se puso a hacer ensayos en la calle. Pintó puertas, buzones, semáforos, vidrieras… Cuando se le acabó la pintura, compró más.

Siguió practicando, hasta ver en su trabajo claras señales de progreso. La palabra que mejor le salía era Pupi. Pensaba en ella y lloraba.

A la semana, no aguantó más y se presentó en el hormiguero.

– Ya aprendí – le dijo al jefe de su comunidad –.

Y para demostrarlo hizo su mejor grafitti en la puerta misma del hormiguero.

El caso tuvo tal resonancia que llegó a oídos de la reina, la cual, sumamente afligida, pidió la opinión de la hormiga sabia.

–Lo que has hecho, Pepe – afirmó ésta – estuvo mal; la figura del prócer Abelardo es un emblema de nuestro pueblo, además de ser un bien público que debe respetarse.

Pero la conducta del jefe del hormiguero deja mucho que desear, pues no supo explicarte por qué te expulsaba. Sin embargo, no se los puede castigar a ninguno de los dos.

Lo sucedido demuestra que deberíamos enseñar las reglas básicas de conducta para que todos sepamos de qué estamos hablando.


No se puede juzgar a alguien que trasgrede las reglas por no conocerlas. Es un deber de las autoridades dejarlas bien claras para evitar malentendidos.


Para poder cumplir las reglas básicas de conducta es necesario conocerlas. De otra manera, podríamos adoptar actitudes irresponsables sin saberlo…

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