La mosca
(Alfredo Parra)
Para algunos seres vivos, los basurales son lugares muy atractivos. A ellos concurren ratas, ratones y moscas para satisfacer sus necesidades de alimentación. Desde el punto de vista humano, esta concentración de animales transmisores de enfermedades es un verdadero peligro. Pero veamos cuáles son las intenciones del pequeño personaje de esta narración…
Nuevamente, la mosca debió preparar las maletas. Antes de partir echó una mirada por encima del hombro. Sus ojazos espejados observaron en todas las direcciones posibles para captar algo interesante. Todo era orden, limpieza y brillo.
– ¡Puaj! – dijo – Creo que me estoy descomponiendo.
Puso en marcha el motor de su avioneta y despegó. Dio unas vueltas alrededor del barrio (por si las moscas). Pero había vivido lo suficiente allí para darse cuenta de que ese ambiente no le convenía.
En el cielo se cruzó con un formidable jet recién pintado, que tenía un calco de los Backstreet Boys en un ala.
– ¡Guau! – exclamó la mosca – ¡Qué máquina!
Una mano se agitaba detrás del parabrisas para saludar.
Y, para mayor sorpresa, el piloto detuvo el avión y, asomándose por la ventanilla, dijo:
– ¡Hola! ¿Te acuerdas de mí? Soy Rumualdo.
– ¡Rumualdo! – volvió a exclamar la mosca –. No te había reconocido. Parece que has echado buenas.
– ¡Ajá! – respondió Rumualdo, el gusano, dándose importancia.
– ¿Cómo conseguiste prosperar en tan corto tiempo?
– ¡Cómo! ¿No te enteraste? En el fondo de la Calle 44 han instalado un basural precioso. Los vecinos acuden de todas partes a arrojar sus desperdicios. Debes mudarte, amiga. Te cambiará la suerte.
Diciendo esto, el gusano guiñó un ojo y aceleró. La mosca alcanzó a ver su bufanda flamear un instante en el aire abatido.
– A eso llamo yo “vivir en el lugar correcto”.
Enseguida orientó sus alas rumbo a la 44. Pasó por encima de los tejados impecables, las casas más prestigiosas, las veredas mejor barridas, preguntándose cómo la gente se las arreglaba para vivir así.
Al fin, divisó la gran montaña, dónde insectos de toda índole revoloteaban, gordos y felices.
– ¡Ah! – exclamó la mosca, frotándose las manos – ¡Tenía que ser grande el tesoro para que lo ocultaran tanto!
Y se lanzó en picada dispuesta a disfrutar de la buena vida.
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